Me han preguntado porqué inicié terapia. Una pregunta un poco difícil de responder cuando uno no quiere dar a conocer ciertas cosas pero, a veces, es necesario dar una respuesta fácil: porque no me sentía bien. Las explicaciones pueden ser largas y no cualquiera comprende cómo algunos solemos hacer una tempestad en un vaso de agua y, a parte, ahogarnos con tan poquita agua. Vivimos vidas tan diferentes, que en muchas ocasiones las explicaciones no sirven de nada.
Para empezar, no es la primera vez que tomo una terapia. Cuando estaba en el bachillerato sufrí un ataque de ansiedad, me presionaba mucho en época de exámenes y tuve taquicardia, así que me mandaron con una psicóloga de mi servicio de seguridad social. No tengo un buen recuerdo de aquella ocasión, ya que en cada sesión sólo me preguntaba cómo me había sentido, si decía que bien sólo me respondía que siguiera así. Sentí que no tenía caso y debido a la falta de dinero, jamás buscamos a otro especialista.
La segunda terapia que tomé fue cuando acabó una de las relaciones más importantes de mi vida y la más dañina que he tenido. Caí en una depresión por el rompimiento y tuve a uno de los mejores terapeutas que conozco. Por desgracia, tuvo que cambiar de lugar de residencia y dejamos el tratamiento, aunque avanzado pero sin terminar. De ahí, tuve la oportunidad de cambiar muchas cosas pero también la mala decisión de no hacerlo y continuar en una relación que sólo me trajo inseguridad, dolor, violencia y una pérdida de identidad. El tiempo pasó y, contrario a la creencia popular, no ayudó a curar las heridas, cosa que ya conté en otro post.
Para ponerlo como cliché de la sabiduría popular, la tercera es la vencida, y esta última ocasión la ayuda la busqué por mi cuenta, cosa que también ya conté en posts anteriores. Esta vez fue diferente, desde el principio tenía mucha ilusión por cambiar y, con una perspectiva y pensamiento diferente, quizás por la edad o quizás por la experiencia, sabía que toda la disposición y ganas de cambiar mi vida sólo estaban en mis manos. No es nada fácil abrir todos tus sentimientos, pensamientos e inquietudes ante un desconocido, mucho menos cuando te enfrenta a la realidad objetiva y entonces te das cuenta de cómo estás mirando y haciendo las cosas.
Tomar terapia no es un juego ni un milagro, mucho menos un acto de magia. Tomar terapia es decir "ya me cansé de sentir que no puedo, ya me cansé de seguir en el mismo camino y no poder cambiar", es decir "hasta aquí" y ni siquiera es decírselo a otra persona, tomar terapia es una lucha contra uno mismo y un viaje al autoconocimiento, al aprecio y al amor propio. A veces no sabemos lo rotos que estamos hasta que nos resquebrajamos, hiriendonos cada vez más. Pero, en la suerte de la metáfora, podemos convertirnos en kintsugi y reparar esas heridas con oro (amor) para mostrar la belleza de la sanación.
No es que vayamos por el mundo mostrando nuestra heridas, pero cuando se convierten en cicatrices que han sanado saludablemente, podemos eregirnos como aquellas vasijas pegadas con oro y relucir, además de ayudar a otros a forjar un mejor camino.
No creo en las casualidades pero tampoco en el destino, creo que cada quién forja lo que quiere y, a veces, lo que puede, pero en esta vida si no aprendemos de todas las experiencias, no podemos avanzar. Esto no quiere decir que sea obligatorio sacar cosas buenas de situaciones que nos parezcan despreciables, sino que tenemos que aprender de nosotros mismos, de nuestras acciones, de nuestros sentimientos, de nuestros pensamientos.
Últimamente he estado muy atenta a cómo formulo mis pensamientos y mantengo mis creencias, esa parte cognitiva que tenemos los humanos es el meollo del asunto. Nada fácil de notar si es que nadie nos lo dice. Por eso creo que la famosa frase "Así soy yo" sólo trata de justificar el rechazo al cambio. No es que así sea yo, es que así quiero seguir siendo, sin importar lo que el otro sienta, piense o quiera. Muy egoísta y nada responsable, afectivamente hablando. Pero eso tampoco debe dar pie a que nuestros pensamientos dependan de otras personas, dejemos de tomarlo personal (ya he hablado de la compasión), confiemos en nosotros y amémonos casi religiosamente pero de manera sana.
Ya hablaremos después de la responsabilidad afectiva y cómo la podemos ejercer. Mientras, vayamos por un té, pongamos una película, serie, leamos un libro o lo que sea para relajarnos en esta noche lluviosa. Hoy vamos a consentirnos un poquito.
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